Se quebraron las palabras, justo antes de salir. Ya no fluye como antes, caudal disminuido... lecho de río herido. 
Yo qué sé qué podría decirte cuando me mirás con tus bellos ojos grandes. Qué, que tenga exclusivamente que ver conmi-conti-go. 
Estoy sudando el veneno, estoy dejando ir el daño, las infecciones viejas del alma.
No sé si ayuda escribirlo porque igual no puedo verlo.
No pude ver antes las cicatrices, ahora las toco con tu piel. 
Quisiera devolverte sinceridades a cambio de las recibidas. Igual, sé que lo hecho es verdadero, qué más da si las palabras no vienen.
Ah, no quiero sentir dolor, perdón por esta vez.
Hoy no estoy dispuesta.
Si para explicar-te- tuviera que escribir todo, todo, todo eso que sucede-me- en el ombligo, en el centro de este -mi- cuerpo circular... ¡ay! no me pidas cosas que nunca van a ser. Ya no soy lo que fui. Fui cosas que hoy no están.
Pero mejor, sólo dame un poco de piel, de este -tu- cuerpo y conoce-me- en esta desnuda manera de estar, de ser, de tener-nos-

Es sólo el pie. Digamos, esa partecita olvidada de nuestro cuerpo que permanece escondida detrás de unas zapatillas incómodas todo el tiempo. Un pie que otras veces anda sucio, descuidado, pero conectado con la tierra. Una porción ínfima, aunque porqué no decirlo, fundamental de este cuerpo. Y decirte que era todo lo que existió en esas 6 de la mañana de música y cuerpos cansados. Resulta que mi pie izquierdo vino a ser una ventanita para imaginarme tu mundo. 

Me entran ganitas de que nos riamos a carcajadas. ¿Cómo te sienta esa invitación? Tengo inmensas ansias de entregarte una risa estridente, de atrapar la música, de ir rodando por el piso. Dale, hagamos el amor de sonrisas, regalémonos el sonido límpido, besémonos con risotadas que nos ericen la piel. 

Yo quisiera saber. Quisiera saber cómo sabe tu cuerpo. Cómo abraza tu mirada, cómo besan tus manos, cómo duermen tus cabellos. Qué curiosidad, ¿qué color tendrán tus caricias, qué perfume tus besos? Sí, me da intriga, tengo dudas en cada uno de los dedos de mis manos.
Tengo esa sensación de piel sucia, de estómago lleno de basura. Mis oídos no han dejado de timbrar agudamente ni por un segundo. Tengo esta sensación de ciudad inmunda, de máquinas que me absorben la vida. Estoy pegoteada de la alimaña que repta por este cemento. Me aturde el ruido. Me enceguece la luz implacable de esta monstruosidad.
No encuentro posible lo infernal del comportamiento de la gente. No entiendo porqué gritan, insultan, maltratan. Porque te miran con esos ojos llenos de rabia, te señalan obscenamente, apuntan todas las luces a mi cara. O sencillamente te ignoran.
No hay alivio mayor al final del día que limpiarse de todo eso. Falta el agua afuera, falta por el odio y el egoísmo. Pero nunca falta adentro.
 Nunca me pidas que deje de llorar porque es tan puro poder lavarse desde dentro.
Aunque dentro esta todo tan estruendoso como afuera. Tengo la ausencia de paz. Tengo el insomnio, tengo el asco, tengo la tristeza. Tengo un techo lleno de humedad y no quiero mirar.
Tengo la noche pesando en mi cuerpo, tengo el sueño que no llega, tengo la garganta muda, el pulso acelerado, los pies cansados.
Ya que estás, dejame un beso. Acá, guardado en este estante.
No, no te preocupes, no te extrañaré.
Si te parece, dejame la sensación de tu mano árida en mi espalda.
Ah, y el lunar de tu cuello.
No, nada me ha de faltar en tu ausencia.
Así... nada.