Tengo esa sensación de piel sucia, de estómago lleno de basura. Mis oídos no han dejado de timbrar agudamente ni por un segundo. Tengo esta sensación de ciudad inmunda, de máquinas que me absorben la vida. Estoy pegoteada de la alimaña que repta por este cemento. Me aturde el ruido. Me enceguece la luz implacable de esta monstruosidad.
No encuentro posible lo infernal del comportamiento de la gente. No entiendo porqué gritan, insultan, maltratan. Porque te miran con esos ojos llenos de rabia, te señalan obscenamente, apuntan todas las luces a mi cara. O sencillamente te ignoran.
No hay alivio mayor al final del día que limpiarse de todo eso. Falta el agua afuera, falta por el odio y el egoísmo. Pero nunca falta adentro.
 Nunca me pidas que deje de llorar porque es tan puro poder lavarse desde dentro.
Aunque dentro esta todo tan estruendoso como afuera. Tengo la ausencia de paz. Tengo el insomnio, tengo el asco, tengo la tristeza. Tengo un techo lleno de humedad y no quiero mirar.
Tengo la noche pesando en mi cuerpo, tengo el sueño que no llega, tengo la garganta muda, el pulso acelerado, los pies cansados.

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