Tarde de pena, noche de insomnio.
Está esa tarde en la que comienzo a sentir angustia. Está ese críptico instante en el que sé, con mi cuerpo, que algo esta sucediendo. No es que haya sabido con anticipación. No es que hubiera podido imaginarme nada de lo que la vida nos tiene preparado para servir de postre. Sencillamente, mi cuerpo es golpeado con el ímpetu de las sensaciones que uno no es capaz de descifrar hasta tanto después.
Cuando la voz triste se anuncia, vacía de energías, por el auricular del teléfono, entonces todo tiene sentido.
¡Qué no daría yo por verte feliz! Y ahora, nada menos que esto.
Al parecer, abril ya no es el otoño del romance.
Aparentemente, ahora el amor se corresponde con un "gracias".
Y mientras yo vacilo entre elegirte y elegirme, el hilo de una vida se tensa, se rompe, desaparece y esfuma a alguien que ya no es, que ya subió (subió, bajó, voló, viajó), que ya está tan lejos de todo lo que podamos comprender.
Y ahora, ¿qué relevancia tienen los 7.897.654 millones de deseos que tuve antes?
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